José Luis "Cheo" García Terán cocina; Rosa Bianco recibe en sala. No hay carta que interponer, así que la conversación con ellos es parte del servicio: te sientas, te preguntan qué te apetece o si prefieres que decida la cocina, y a partir de ahí construyen el servicio con lo que se ha comprado esa mañana. Esa cercanía es lo que un local de cinco mesas permite y uno de cincuenta no: cada plato que sale se piensa para la persona que lo va a comer, no para una producción en serie.
Imprimir una carta obliga a prometer un plato durante meses. Aquí se prefiere prometer algo más difícil: que todo lo que sale a la mesa se compró esa misma mañana. Al producto canario se le suma, de vez en cuando, algún gesto heredado de la cocina italiana — hasta un tiramisú casero que cierra buena parte de las noches.
Cinco mesas en un espacio íntimo, con la cocina a la vista y una barra que hace de puente entre el fuego y la sala — dieciséis comensales, como máximo, por servicio. No hay prisa por dar un segundo turno: el ritmo lo marca la conversación, no el reloj.